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DELIRIO
El mundo es pequeño. Conocí hace mucho tiempo a Laura. Ella no lo recuerda, es obvio, porque ahí estaba yo como un idiota, con su libro bajo el brazo, haciendo la fila frente a ella, mientras una tarjeta de visita temblaba entre mis dedos; y ella incluso lee mi nombre, levanta la cabeza, mira mi rostro boquiabierto y sólo atina a preguntarme si soy por casualidad descendiente de Pedro Henríquez Ureña. No. Le digo. Era la misma pregunta que me hizo al conocerme, en Urquijo. No. Cómo me habría gustado, aunque como él yo también escribo. Bueno, no tan bien como él, corrijo. Laura no me presta atención, baja la cabeza y escribe un párrafo en la página en blanco que los editores dejanpara que los autores dediquen el libro a sus asiduos lectores.
Y eso me consideraba yo, un asiduo lector de Laura. Desde La novia oscura, por ejemplo. Ay. Cómo olvidar la historia de Sayonara, aquella niña hambrienta, prostituta de Barrancabermeja, en la selva colombiana, y el sórdido paraje de los obreros que bajan a la ciudad de las putas. La prostituta enamorada. El deseo. Ay. "el fiero deseo como arma que permite subyugar a los demás si la agarras por el mango, pero que te lastima y te destruye si lo llegas a asir por el filo", dice Laura.
Y eso es todo. El deseo. Y el deseo produce imágenes, sueños anhelantes, obsesivos, que se convierten en delirio, esa locura (deliciosa o cruel) que a todos nos arrastra. La gente que se torna compulsiva, la que de pronto desaparece o que regresa y trata de imponer sus caprichos.
La novela es siempre una reflexión sobre la vida, sobre la condición humana. La autora le da cuerpo a los personajes, los pule, les arranca verdades y mentiras, como el escultor decanta el mármol y lo moldea. Personajes difíciles, torturados, aberrados, inmersos en sus propias faenas de supervivencia. La pluma de Laura fluye. La veo escribiendo su párrafo largo sobre la portadilla. El escritor no solo moldea la palabra, los personajes, no solo estructura el andamiaje de la novela, también moldea al lector, y el lector a su vez, crea y recrea a sus autores. Ese intercambio es fascinante.
No he leído aún esta su última novela. Esta que ella me autografía ahora, Delirio. Los panelistas estuvieron estupendos. Ramón Tejada Holguín, Marivell Contreras, Salvador Tavarez, Quisqueya Henríquez, y la lectura emotiva de Zaida Corniel. Ruth Herrera se paseaba impaciente ente los asistentes a esta presentación. Y yo también. Urgido por el deseo de adentrarme en este nuevo Delirio de Laura Restrepo, me voy y la dejo con la duda de aquella vez cuando nos conocimos, hace ya muchos años, en los laberintos bogotanos de La Candelaria, o en las selvas, o en Barranca, ese pueblo olvidado de la Colombia amada, a orillas del Magdalena, con sus oleoductos y sus obreros, paramilitares y guerrilleros, rondando siempre en ese frenético delirio que es Colombia.
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La literatura se define por su literariedad
En la búsqueda de definir qué es literatura y qué es lo literario, surgieron movimientos de teoría literaria para estudiar y delimitar su objeto de Estudio: La literatura. A comienzos del siglo XX, el formalismo ruso se interesa por el fenómeno literario, e indaga qué hace que un texto sea literario, o sobre la literaturidad de la obra. Roman Jakobson plantea que la literatura tiene particularidades en la forma, que la hacen diferente a otros discursos; una que llama función poética, que hace al lenguaje llamar la atención sobre sí mismo. En efecto, en la lengua de uso hay determinadas expresiones que se producen sólo porque producen un placer, un placer de naturaleza estética, en línea con lo que pensaba Aristóteles. El lenguaje combinaría recurrencias (repeticiones) y desvíos de la norma para enrarecerse, impresionar la imaginación y la memoria y llamar la atención sobre su forma expresiva.
El lenguaje literario sería un lenguaje estilizado y trascendente, destinado a la perduración, muy diferente de la lengua de uso normal, destinada a su consumo inmediato. La literatura, por otra parte, exige una tradición sobre la que levantarse: Don Quijote de la Mancha no habría podido escribirse si no hubieran existido antes libros de caballerías, o al menos no ese Don Quijote de la Mancha. Un texto literario no puede estimarse de forma inmanente y autónoma, sino como consecuencia de otros muchos textos y antecedente de otros (véase intertextualidad).
Wolfang Kayser, a mediados del siglo XX, planea cambiar el término de literatura por el de bellas letras (Belles Lettres), diferenciándolas del habla y de los textos no literarios, en el sentido de que los textos literario-poéticos son un conjunto estructurado de frases portadores de un conjunto estructurado de significados, donde los significados se refieren a realidades independientes del que habla, creando así una objetividad y unidad propia.
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